(*) por Javier Remón
Según decía el escritor italiano Alberto Moravia, África es una zambullida en la prehistoria y allá fuimos. Después de interminables trámites para obtener la visa correspondiente, pasamos a la acción. Partimos a la búsqueda de la segunda migración de mamíferos más grande de África junto con tribus que conservan intactas sus costumbres y vestimentas tradicionales tal como sus antepasados lo hacían hace cientos de años, ya que al no estar influenciados por las costumbres de los blancos, se encuentran en un estilo más puro. En dos vehículos todo terreno cruzamos Kenia e ingresamos a Uganda para acercarnos a Sudán, a través de caminos tan angostos como polvorientos en los que los carteles advertían sobre la existencia de minas terrestres. No había duda, estábamos cerca de la frontera.
Una vez dentro de Sudán y con dirección a Juba, la capital del Gobierno del Sur de Sudán (GOSS), el paisaje incorporó todo tipo de armas bélicas incluyendo tanques destruidos y maquinarias rastrillando los costados del camino en búsqueda de minas terrestres. Juba es una ciudad bastante precaria que creció mucho en los últimos cinco años en los que también se volvió extremadamente cara. Allí los hoteles ofrecen un cuadrado de plástico con aire acondicionado y baño compartido por más de 100 dólares diarios. Nos alojamos en un hotel donde también se hospedaban desde trabajadores de ONGs a ex-combatientes de Irak devenidos en traficantes de armas.
Sin certeza del estado de las rutas ni cuanto duraría la paz transitoria en esta zona de África donde en cualquier momento estalla una batalla, seguimos adelante porque, tal como reza el proverbio Swahili, “donde hay un deseo, hay un camino”. Después de tres décadas, la guerra civil finalizó oficialmente hace apenas cuatro años. A través de las Naciones Unidas se pacificó la nación gracias al compromiso de realizar un plebiscito en 2011 que decidirá si el sur se separará del norte. Nuestro equipo estaba integrado por ocho mzungus (blancos) y dos choferes tanzanos que conducían las camionetas Land Cruiser equipadas con GPS; teléfonos satelitales y dos soldados de la fuerza militar para la Liberación Armada del Sur de Sudán armados con un arsenal que incluía granadas de mano.Nosotros llevábamos cigarrillos; hojas de afeitar y jabones para facilitar nuestro derecho de paso ante los hombres armados de las diferentes tribus que se nos cruzaban con sus ametralladoras automáticas. Una de las exigencias de las autoridades locales para otorgarnos la visa, fue la de llevar dos soldados que fueron de gran utilidad, varios intentos de detenernos fueron abortados al ver nuestra escolta militar.
El suelo del Parque Nacional Boma y sus alrededores es de Black Cotton (algodón negro) así llaman al barro pegajoso imposible de atravesar en época de lluvia pero que ayudó a conservar las especies animales durante la guerra. En estas tierras inhóspitas e inseguras a las que no tiene acceso ni siquiera el llamado turismo aventura, vimos a muchos de los 750 mil antílopes que migran rumbo a pastos verdes por una sabana que tiene casi dos veces la superficie del Serengeti. Entre pozos, saltos y bamboleos cruzamos ríos y montañas en nuestras 4 x4, lentamente ingresamos en un territorio olvidado y muy poco visitado, comenzamos a ver tribus sin influencia occidental alguna. Cuanto más nos internábamos en la sabana sudanesa, los veíamos con sus vestimentas típicas de cuero, con mantas o directamente desnudos. Algunos usaban pieles, otros llevaban plumas, varios iban con sombreros y muchos tenían sus caras y el torso con escarificaciones, las marcas en la piel de diferentes diseños que los identifican como Toposas, Jiyes, Murles o Nyangatoms. A ellos nos los cruzábamos al costado del camino, acarreando sus vacas o cabras con un palo en una mano y un arma automática en la otra. Los que no iban con una AK 47, llevaban arcos y flechas, sólo unos pocos iban con lanzas. Van a pie de un pueblo a otro, es común que caminen 150 kilómetros en dos días. Los veíamos hidratarse en los charcos del camino ya que los pozos de agua se encuentran muy lejos unos de otros. Las aldeas parecían sacadas de una película de Disney, eran tan hermosas como sencillas. Algunas chozas estaban sobreelevadas y otras al ras del piso llegaban a tener dos niveles construidos con palos, canas y pajas. Cada aldea estaba rodeada por un cerco de ramas espinosas. Contratamos porteadores para un trekking que nos llevó a un poblado Kachipo, los primos de los Surma, usan platos en labios y orejas. Fuimos los primeros blancos que llegaron a la aldea donde esa misma noche celebraron una fiesta en la que sus mujeres elaboraron cerveza casera que los hombres tomamos mientras conversábamos alrededor de la fogata a la que se sumaron más Kachipos de otras aldeas. A los bailes y cantos, los acompañaban con disparos al aire, algo que fue tornando más agresiva la fiesta. Después de la medianoche, al percibir que muchos de ellos no estaban contentos con nuestra presencia, optamos por retirarnos a nuestras tiendas de campañas desde donde se escuchaban más canciones pero también más disparos. Los siguientes días con sus noches, las pasamos en las tribus Toposas que tienen unos poblados de ensueño. Ellos se hacen escarificaciones con un cuchillo o cualquier otro elemento punzante que les permita dibujarse diferentes motivos sobre la piel y, sin dejar que cicatricen del todo, se las vuelven abrir. Así, lo repetirán una y otra vez para darle más relieve a la cicatriz, aumentándolo más con hierbas que se frotan sobre las heridas. Estas cicatrices no son sólo adornos corporales, también transmiten información sobre su tribu, status social, el paso de la infancia a la madurez, las hazañas del portado y el número de enemigos que se batieron.
Regresando a Juba se rompió el diferencial trasero de uno de nuestros vehículos, la lluvia no cesaba, los caminos se pusieron más difíciles y quedamos aislados por el agua y el barro durante dos días. La comida y el agua escaseaban, cenamos unas gallinas compradas a los pobladores y enviamos a un Toposa a conseguir agua de otro poblado porque nuestros estómagos no soportarían beber el agua de los charcos del camino. Un cura misionero nos remolcó treinta kilómetros con un tractor hasta un camino principal. Desde esta ruta solo pudimos avanzar cuando, por suerte, paro de llover, pero los charcos y pantanos del camino se habían multiplicado y aparecieron ríos en lugares impensados. Varias veces tardamos más de dos horas en sacar los vehículos del barro o de los ríos. Así regresamos a Juba con tres días de retraso, algunos de mis compañeros de viaje ya habían perdido sus vuelos, en mi caso le sumé otras 48 horas que me insumió la reparación de las camionetas con las que regresé a Uganda.
(*) por Javier Remón
Multideportista barilochense que completó nueve ediciones del Tetratlón de Chapelco, en tres de ellas c lasificó entre los veinte primeros de la general absoluta, y representó a la Argentina en dos campeonatos mundiales de kayak polo. Especialista en pruebas de larga distancia, corrió en 3h42m los 42 kilómetros del Maratón de Buenos Aires y obtuvo el quinto puesto de su categoría en el clásico del ciclismo MTB tucumano Trasmontaña junto a una docena de podios en triatlón y salvamento acuático ya que también se desempeñó como guardavidas en las playas de Pinamar. Graduado de abogado, profesión que ejerció en los tribunales porteños, abandonó el traje y la corbata para emigrar a oriente medio y África donde sació su sed de adrenalina. En la actualidad reside en Londres donde trabaja en turismo aventura y colabora como columnista de diferentes medios que publican sus crónicas de viaje.
|